Un mes en el museo

Intervención. Las instalaciones con materiales de descarte que Luis Terán hizo en un mes de trabajo en el MAMBA recuperan fragmentos de la sensibilidad moderna para jugar con el deterioro posmoderno.
POR ANA MARIA BATTISTOZZI

Hay que subir al primer piso del Museo de Arte Moderno, acertar los peldaños de la gran escalera de hierro, que la intervención de andamios de Luciana Lamothe ha logrado entreverar. Pero se llega al fin y una vez allí, el visitante tendrá su primera perspectiva de la serie de intervenciones que realizó Luis Terán en su estadía de un mes de trabajo en el museo.
A su frente, un recorte neto y profundo en la pared habilita una visión del interior de la primera sala, en un encuadre que pareciera evocar un auténtico “Brancusi de exposición”. A su derecha, un conjunto de piezas en el suelo, recuerda por su forma, color e inscripciones lápidas o estelas conmemorativas. Mientras, en el techo, una suerte de dragón chino hecho de madera, gasa y yeso describe un itinerario ondulante. Hay más. Pero la percepción, cuidadosamente dosificada, le reserva al visitante un hiato antes de la poderosa estructura helicoidal de madera rústica que lo espera como un monstruo agazapado en el tramo final de la sala.

No es posible reconocer en este conjunto –que lleva el inquietante título de Ultimos recursos – ninguna unidad de estilo que no sea la que le da la sencillez de materiales que utiliza. Integrado por núcleos de formalización y materialidad diversa, tiene la virtud de desplegar distintas vertientes de la experimentación que el artista ha llevado a cabo en los últimos años. Algunas se relacionan con las expansiones espaciales que pudieron verse en el Centro Cultural San Martín (2010) o en la Fundación Proa ( Oxímoron, en 2011) y en el Faena Art Center en 2012. Pero otras guardan relación con el registro experimental, que distinguió a la producción del artista más cerca de la muestra que realizó el año pasado en Sendrós. En ella volvió sobre el principio de ilusión, que ha cautivado desde siempre a los seres humanos a la hora de enfrentar las crudezas de este mundo y ha sido clave en la obra de Terán.

A comienzos de 2000 este artista empezó a perforar pequeñas latas de cerveza y envases de cartón, convirtiéndolos en finísimas filigranas que, atravesadas por la luz, pasaban sin escala a alimentar universos de ilusión. Desde entonces su obra parece empeñada en darles a los materiales de descarte un destino más noble que el que les suele reservar el mundo del consumo habitual. Desde ese prolongado empeño, el artista arriba ahora a la curiosa cruza de materiales de descarte y memoria de la escultura moderna que exhibe una de sus instalaciones site-specific del MAMBA. Casi como un niño que juega con ejércitos de botones, arma familias de formas y bosques de tótems con fragmentos de envases de plásticos superpuestos. Algunos le sirven de moldes, otros son las estructuras que sostienen las formas en su interior. Curiosamente, Terán recupera fragmentos de la sensibilidad moderna –cuyo programa teórico apuntó a revelar la verdad de los sistemas de representación– para arropar al deterioro posmoderno, rescatándolo de su horizonte de desechos. Como en las filigranas de los envases que realizó hace una década, vuelve aquí con otra de sus estrategias de ilusión, que al cabo tal vez se revelen imperfectas pero para entonces, ¿quien se habrá animado a cuestionar el encanto de su seducción?
Es evidente que el artista muestra una inclinación especial por ciertos materiales que son los propios y básicos de la construcción: el cemento, el yeso, la arena o la madera rústica. Pero es el modo instantáneo, que sus cualidades ponen de manifiesto, lo que le ejerce especial fascinación.

“Siempre me interesó sacar lo mejor de lo peor; lo que más puede dar un material humilde, descartable y en última instancia depreciado”, confiesa el artista. En ese territorio de preferencias se inscriben los carteles con textos, que se apoyan como en el suelo como lápidas a la entrada. Suerte de diario de producción de esa residencia de un mes de trabajo en el museo que ha sido congelado en un instante. Hay en ellos una ambigua pretensión de provisoriedad y eternidad cimentada en el cruce de textos azarosos y cualidad material. En ellos se lee una sucesión de enigmáticas frases: “todos nuestros muertos queridos”, “un abanico de posibilidades” “Dios está aquí” o simplemente “Ayer”. Pero el punto culminante es la gran espiral de madera que alimenta una interesante tensión entre formas orgánicas y abstractas. Lo más atractivo de esta obra, que surge de la articulación precisa de una serie de rectángulos, no es la escala sino las múltiples perspectivas que ofrece. De pronto es una escalera, una estrella o un remolino que absorbe al visitante, y lo incorpora a su juego de estructuras complementarias y opuestas, con materiales tan plebeyos que por sí mismos podrían definir los rasgos sustantivos de la estética inaugural de 2000.