Luis terán: Escultor de su propio edén

Hace más de una década que Luis Terán expone su trabajo. Hace toda una vida que, 
a través de él, intenta sanar una herida. Pero es recién ahora cuando la paz puede ser consigo, y con su espíritu.
Texto: Luciana Olmedo-Wehitt

Durante mucho tiempo Luis Terán (Buenos Aires, 1977) cargó con el estigma de una formación católica que lo hizo sentir oprimido y temeroso. En su infancia, la figura de Cristo y la idea del sacrificio humano estaban internalizadas en él de tal forma que los personajes de sus dibujos siempre sangraban. Además de la educación formal, en el seno familiar también se comulgaba con los valores cristianos. Su madre, por ejemplo, es especialista en Mariología: una rama de la teología que estudia la vida de la Vírgen María.

Antes de terminar el secundario, y con el objetivo de encontrar verdades menos absolutas y sanamente más pecaminosas, Luis empezó a tomar clases de música y de teatro. En 1998, el Colegio San Juan El Precursor le propuso trabajo como profesor de plástica. A pesar de sus recuerdos poco felices por entre los claustros del recinto sanisidrense y ya sin creer en Dios o en la Iglesia, Terán decidió aceptar la oferta para, de esta forma, hacer cambios desde el centro mismo de aquel organismo que creía infectado: “Todo era pecado. Tenías que estar siempre en gracia porque te podías morir en cualquier momento. No todos los profesores eran iguales pero había que convivir con lo peor de los discursos católicos cerrados y recalcitrantes”. Fue durante esos años que las denuncias por abuso de menores contra el ex profesor Peter Malenchini se hicieron públicas. La religión como fachada comenzaba a derrumbarse. Como dijo un tal Mateo, “Amad a vuestros enemigos”. A veces eso puede ser mejor. En Terán, esta fórmula significó el comienzo de una reconciliación no ya con las instituciones educativas y religiosas sino consigo mismo.

Más tarde se especializó en escultura en la Escuela de Bellas Artes Regina Pacis y en el año 2010 participó de la Beca Kuitca / Universidad Torcuato Di Tella. Sus primeras obras, objetos perforados hasta volverse traslúcidos, fueron una especie de deber que aceptó como si se tratase de una redención. Terán reconoce en este trabajo un gesto culpógeno: “El arte era como una penitencia placentera. Esos cartones, que en realidad eran basura, estaban de alguna manera dignificados por un trabajo de horas y días haciendo perforaciones. Cada punto encerraba un segundo, una hora, un cierto tiempo. Y aunque estaba tapando una formación escultórica mucho más rica, para mí se trataba de una misión”. Las marcas de su educación católica aún se conservan y pueden verse reflejadas en la austeridad de los materiales que utiliza, en su determinante ética del trabajo y en la repetición de gestos asociados a procedimientos como el acto de oración: “Trabajo con lo que tengo porque me parece injusto invertir una fortuna en arte y porque me gusta ir experimentando y encontrando un más allá en los objetos considerados material de descarte. La repetición de una acción me conecta con canales muy profundos. Mi dedicación al arte es un homenaje a esa vía espiritual y, al mismo tiempo, la continuación de una búsqueda personal alejada de los dogmas católicos.”

Aunque durante mucho tiempo prefirió no hablar de sus demonios, con la muestra Vida y Obra, realizada en la Galería Alberto Sendrós en septiembre de 2012, comenzó a exorcizarlos. La ironía y la crudeza de aquellas obras le permitieron liberar públicamente sus fantasmas. De hecho, el ineludible móvil de maderas y clavos que recibía al visitante constituía un híbrido entre una roseta campestre y un objeto asesino: una corona gigante de espinas que amenazaba con derrumbarse y hacer que todas las cabezas rodaran como la de Goliat: “Me gusta la dualidad en los objetos que parecen inocentes y bellos y a la vez esconden otro sentido. Para mí la belleza está ligada a la naturaleza.” A diferencia de la exhibición en Sendrós, donde cada pieza tenía por título una declaración de principios, las obras que integran Últimos Recursos, su actual muestra en el Museo de Arte Moderno, no han sido bautizadas. Durante cuarenta días, el Museo se transformó en el taller personal de Luis. Valiéndose de herramientas diseñadas por él mismo, cada una de las obras que allí expone deja entrever, sin artilugios, el signo del trabajo manual y la previsión en la metamorfosis de los materiales poco nobles que utiliza.

Al subir por las escaleras que conducen al primer piso, una serpiente colgante vigila, pero está demasiado alta como para tentarnos con alguna propuesta indecente. Y, en caso de que la gravedad provocara su descenso, entre el camino de lápidas que conducen hacia la sala, el bajorrelieve en una de ellas reza -¿o blasfema? -”Dios está aquí”. Desde fuera de la sala, a la derecha, hay una ventana a través de la cual se divisa una secta de tótems de yeso que custodian al resto de las obras sin desampararlas, ni de noche, ni de día. En el centro de la sala, puede verse una lata atravesada por clavos. Esta herramienta con la que Terán afirma tener “una fascinación fordista” está siempre  presente en su trabajo, a diferencia de la figura humana que sólo aparece de forma fragmentada: “Cuando empecé, los objetos que perforaba eran chiquitos, pero cuando lo juntaba, la obra en su totalidad tenía escala humana. Esas piezas forzaban la presencia de una persona para completarlas.”

La obra central de Últimos Recursos es una espiral gigante frente a la que cualquier humano se siente diminuto: un dios de madera saligna que, como no tiene estacionamiento, se compra y se corta verde. Es decir, se retuerce, cambia de forma y sólo el cálculo acertado de Terán puede asegurar la supervivencia de sus creaciones. En su producción, el vínculo entre arte, religión y naturaleza adquiere ahora mayor visibilidad y es en el último componente de esta trinidad donde sus creencias encuentran explicación: “En el universo de mi jardín está mi Dios. En eso creo. Aprendo de lo que ahí veo. Considero a mi patio como una obra de arte en sí misma. Mi preocupación por las plagas es también estética.” Escultor de su propio Edén, Terán puede irse en paz -demos gracias a Dios-.


1/3 Obras de la muestra
 «Últimos Recursos» en el Museo de Arte Moderno.
2 «La máscara que me hace invulnerable tiene el rostro de la muerte». Obra de la muestra «Vida y Obra» en la Galería Alberto Sendrós. Es una máscara recubierta por clavos del lado que está a la vista. No se exhibía sino que estaba en la trastienda y era la imagen del catálogo.